El próximo domingo 10 de mayo Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en una solemne ceremonia en la Plaza de San Pedro del Vaticano, beatificará a la carmelita descalza madre Maravillas de Jesús junto a diez religiosas mártires de la guerra civil española.
Intento a través de estas líneas trazar una resumida semblanza del origen y ambiente familiar, de la vida y de la fecunda obra de esta admirable mujer a la cual tuve la suerte de tratar con frecuencia desde mi infancia hasta el final de mi juventud, dentro de las estrictas limitaciones que imponen las normas de su Orden, por ser hermana de mi abuela materna y, por consiguiente, tía carnal de mi madre que era la hija mayor de su única hermana.
Mi madre estuvo viviendo con ella los ocho primeros años de su infancia hasta que la madre Maravillas entró en el convento, permaneciendo tía y sobrina siempre muy unidas hasta la muerte de la primera. No es tarea fácil resumir en los límites de espacio de un artículo una vida y una obra tan extraordinarias, y sobre las que se han publicado ya más de veinte libros traducidos a varios idiomas. La fama de santidad de tan excepcional carmelita, fama ya iniciada desde los primeros años de su vida religiosa, se extendió después de su muerte como un reguero de pólvora.
El proceso religioso que ahora la promueve a la beatificación ha tenido también un carácter excepcional pues es la carmelita descalza que más rápidamente ha subido a los altares, incluida la propia Santa Teresa: veintitrés años y cinco meses desde su muerte acaecida en el convento de La Aldehuela, por ella fundado, el 11 de septiembre de 1974 a los ochenta y tres años de edad.
Maravillas Pidal y Chico de Guzmán nació en Madrid el 4 de noviembre de 1891. Los Pidal procedían de una familia asturiana de hidalgo linaje aunque de escaso patrimonio, originarios de Villaviciosa. Durante una gran parte del siglo XIX, denominado el “siglo liberal” por Palacio Atard en su magnífica obra sobre aquel complejo período, y en la primera década del actual, Pedro José Pidal y sus únicos hijos Luis, padre de Maravillas, y Alejandro Pidal y Mon, figuraron respectivamente entre las personalidades de mayor relieve de aquella época desempeñando los tres altos cargos de la administración pública, y recibiendo importantes honores por sus brillantes servicios y por su fidelidad a la Corona.
Militaron en el lado conservador y moderado de cuyos partidos fueron figuras destacadas ocupando distintas carteras, ejercieron las presidencias del Congreso y del Senado, presidieron Reales Academias y, por su singularidad, cabe destacar que los tres, el padre y sus dos hijos, fueron Embajadores ante la Santa Sede y también los tres recibieron el Toisón de Oro como reconocimiento por sus méritos, siendo la única familia no dinástica que figura con un padre y dos hijos entre los miembros de tan alta recompensa honorífica.
Recibieron a lo largo de sus “cursus honorem” los títulos de marqués de Pidal para Pedro José y los marquesados de Villaviciosa de Asturias y de Valderrey para los respectivos hijos de Alejandro, el cual había rehusado en vida recibir un título nobiliario. Pedro José Pidal optó al final de su vida por el Toisón de Oro, frente a la Grandeza de España que la Reina Isabel II quiso añadir a la merced del título de Castilla que ya le había otorgado.
Recibieron los Pidal, de padres a hijos, una educación cristiana solidísima. Eran sinceros católicos que no tenían nada de integristas y que hicieron política católica desde sus partidos aunque no, por supuesto, catolicismo político cerrado.
Fueron grandes paladines de la verdad católica de su época, fundaron y sostuvieron periódicos católicos y movimientos confesionales, siendo ardientes defensores de las órdenes religiosas en los periódicos revolucionarios de tan convulso siglo.
Fueron, en resumen, los tres Pidal católicos sinceros y consecuentes, con arraigados sentimientos de caridad cristiana que sobrepusieron siempre a sus intereses privados. Tres hijas, de los quince descendientes que tuvo Alejandro, profesaron en órdenes religiosas.
En este ambiente familiar de arraigados sentimientos cristianos y de práctica católica activa creció Maravillas Pidal como una niña alegre y vivaracha, a quien los niños le cantaban una sencilla copla inventada por un viejo mayoral de la finca familiar: “Como la flor del jardín es Maravillas Pidal, que va sembrando alegrías por dondequiera que va”.
Estuvo siempre muy unida a su familia y muy especialmente a su padre, del cual heredó sus grandes dotes intelectuales y morales. El segundo marqués de Pidal y su mujer, Cristina Chico de Guzmán y Muñoz, componían junto a sus tres hijos, Nini, Alfonso y Maravillas, un alegre y armonioso hogar cristiano donde padres e hijos rezaban juntos todos los días el rosario.
Desde muy temprana edad quiso Maravillas entregarse para siempre a la vida religiosa. Tenía muy claro desde pequeña su elección por la práctica confesional, y como ella misma escribió muchos años después a uno de sus confesores:”La gracia de la vocación la recibí al mismo tiempo que el uso de la razón”. Pasó los primeros años de su juventud atendiendo a los necesitados y plenamente dedicada a la vida de piedad, empleando todo el dinero que le daban sus padres para gastos en atender a humildes. Tuvo que esperar a la muerte de su padre, a quien atendió sin separarse de él ni un momento durante los cuatro meses que duró su última enfermedad, y al permiso materno para ingresar como religiosa, permiso finalmente obtenido ingresando el 12 de Octubre de 1919, a los veintiocho años de edad, en el Carmelo de El Escorial.
A lo largo de su vida religiosa la obra fundadora de la Madre Maravillas fue intensa y fecunda, fruto de su enorme capacidad de trabajo y disciplina y también de su inquebrantable tenacidad y fuerza interior. En 1926, año en que fue nombrada priora de la comunidad por el obispo de Madrid – Alcalá don Leopoldo Eijo y Garay, se inauguró el convento del Cerro de los Ángeles siendo ésta su primera fundación. Durante los periodos de la Segunda República y de la Guerra Civil, años difíciles y peligrosos para las órdenes religiosas, las virtudes de ánimo, sacrificio y serenidad de la Madre Maravillas destacaron extraordinariamente. A partir de 1944 reanuda su actividad fundadora y las fundaciones de nuevos Carmelos se multiplican. A la del Cerro de los Ángeles se suceden otros diez conventos, uno de ellos en La India, una fundación de padres carmelitas y dos restauraciones: el Carmelo de El Escorial y el monasterio de la Encarnación de Ávila. Los nombres de algunas de sus fundaciones más notorias, como el Cerro de los Ángeles, Duruelo, Arenas de San Pedro, Batuecas, Mancera, y finalmente, La Aldehuela, el convento del que fue priora y donde está enterrada, permanecerán siempre ligados a su memoria.
Solamente por sus fundaciones –que tanto la asemejan a Santa Teresa- y por su profunda espiritualidad, tan enraizadas en las fuentes del Carmelo, la Madre Maravillas merece un lugar de honor dentro de la historia más reciente de la Iglesia española.
Extraordinaria y generosa fue también la obra social de la Madre Maravillas. Su amor al prójimo no tenía límites, y no había necesidad conocida a cuyo remedio no acudiese con su caridad auxiliadora. Fomentó un gran número de iniciativas apostólicas, sin salir de la clausura y sin menoscabo de su vida de meditación y de oración.
Gracias a su iniciativa y a su esfuerzo y generosidad se construyeron escuelas y viviendas, independientes del Carmelo, en zonas suburbiales, y se realizaron significativas ayudas a monasterios e iglesias necesitadas y a familias humildes. Grande y generoso fue siempre su amor y su desvelo por los niños sin escuela, por los hombres y mujeres sin trabajo y por las familias necesitadas.
Bajo cualquier perspectiva, tanto la creyente como la agnóstica, con la que nos acerquemos a la Madre Maravillas encontraremos siempre en ella a una extraordinaria e inteligente mujer, compendio de sobresalientes virtudes humanas de las que la humildad y la caridad fueron virtudes sobresalientes. En su persona se observa ese equilibrio perfecto entre las virtudes aparentemente opuestas: fortaleza y mansedumbre, pobreza y magnanimidad, decidida apertura a los nuevos tiempos del Vaticano II y fidelidad estricta a las fuentes de la vida religiosa. Equilibrio que en ella fue prodigiosamente instintivo.
Fueron también excepcionales las circunstancias que rodearon su muerte, y que inspiraron al eminente cardiólogo y médico suyo Vega Díez su obra “La Madre Maravillas, el milagro y la psicoterapia religiosa”. Y excepcionales son también, adjetivo necesariamente repetido al analizar su vida, los hechos que rodean el milagro canónicamente atribuido a su intercesión. Todas las virtudes de la Madre Maravillas fueron declaradas heroicas en grado máximo durante el riguroso proceso de beatificación, y el milagro a ella atribuido unánimemente reconocido como tal por todos sus examinadores: Congregaciones de cardenales y obispos, teólogos, médicos, testigos, postuladores y, finalmente, por el propio Santo Padre.
En 1976 el entonces arzobispo de Cracovia y Cardenal Carol Woytila escribió a la priora del Carmelo de dicha ciudad polaca: “Dios le pague los recuerdos de la Madre Maravillas, muerta en olor a santidad. La Santa Iglesia se alegra siempre de aquellos hijos e hijas que por su vida dan gloria a Dios”.
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